La deuda educativa con la primera infancia y las lenguas originarias

Aprender a leer y escribir en la lengua materna no es un gesto cultural. Es una estrategia pedagógica eficaz y, ante todo, un derecho.

Cada 21 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Lengua Materna. Pero más allá de la fecha, vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿todas las niñas y niños aprenden en la lengua que comprenden desde sus primeros años?

La lengua materna no es solo una forma de hablar. Es el primer territorio de identidad. Es donde aprendemos a nombrar el mundo, a expresar emociones y a organizar nuestros pensamientos. Cuando una niña o un niño entra a la escuela y no entiende plenamente la lengua en la que se le enseña, el aprendizaje se dificulta desde el primer día.

La evidencia internacional es clara: cuando la educación se imparte en una lengua que las y los estudiantes dominan, los resultados mejoran. Al menos 6 años de enseñanza sólida en la lengua materna fortalecen la comprensión lectora, el pensamiento y facilitan el aprendizaje de una segunda lengua. No se trata de elegir entre lengua indígena y español; se trata de reconocer que una base firme en la primera lengua ayuda a aprender mejor la segunda.

Además, los programas que respetan la lengua del hogar no solo mejoran el rendimiento escolar, también reducen el abandono. Cuando niñas y niños se sienten comprendidos, participan más, preguntan más y confían más en sus capacidades.

Hay experiencias valiosas en preescolares comunitarios donde la enseñanza ocurre en la lengua materna desde el inicio. En estos espacios de inmersión, niñas y niños participan con mayor seguridad, desarrollan vocabulario y muestran mayor disposición para aprender. Cuando la lengua del hogar entra al aula, el aprendizaje deja de ser una traducción constante y se convierte en comprensión y reflexión genuina. Educar en la lengua materna no retrasa, al contrario: fortalece.

En México, un país profundamente plurilingüe, este tema es urgente. Contamos con 68 lenguas indígenas nacionales y cientos de variantes lingüísticas. Sin embargo, millones de niñas y niños comienzan su vida escolar en un idioma que no es el suyo. Eso genera desventajas desde el inicio y pone en peligro la supervivencia de las lenguas.

El Pacto por la Primera Infancia ha establecido metas claras y reconoce que los primeros años son decisivos para el lenguaje y la comprensión. Desde muchos ámbitos, el Pacto impulsa una educación preescolar de calidad. Esto se logra cuando la lengua materna está presente también en el salón de clases, porque el aprendizaje temprano depende, en gran medida, de que las niñas y los niños entiendan lo que se les enseña.

Esto no implica imponer una lengua sobre otra. La decisión sobre la lengua de escolarización en los primeros años debe tomarse con información clara y acompañamiento, respetando el derecho de las familias a elegir el proyecto educativo que consideren mejor para sus hijas e hijos. Lo fundamental es que esa elección no parta de la desinformación ni del abandono institucional. Como ha señalado la lingüista mixe Yásnaya Aguilar, las lenguas no desaparecen solas: prevalecen condiciones sociales y políticas que las desplazan. Garantizar que la escuela, especialmente el preescolar, también hable la lengua del hogar es una decisión pública que fortalece identidad, aprendizaje y equidad.

Aprender a leer y escribir en la lengua materna no es un gesto cultural. Es una estrategia pedagógica eficaz y, ante todo, un derecho. Si queremos cerrar brechas educativas reales, debemos empezar por asegurar que cada niña y cada niño tenga la oportunidad de asistir a un preescolar donde aprenda en la lengua que le permitió comprender el mundo por primera vez.

*Valentina Uribe Zaraín, Directora Ejecutiva de Fundación Zorro Rojo, integrante del colectivo Pacto por la Primera Infancia.

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