El papel de la familia en la crianza

La familia es mucho más que el grupo donde nos tocó vivir: es el ecosistema de vínculos que moldea nuestra arquitectura emocional. No es un espacio físico, sino el primer espejo donde niñas y niños aprenden quiénes son, cuánto valen y cómo funciona el mundo. 

En ese espacio cotidiano, la infancia observa cómo se ama y cómo se resuelven los conflictos. Por ello, el ejemplo continúa siendo la herramienta más poderosa de crianza. Preguntémonos: ¿qué predomina hoy en nuestros hogares? ¿La validación o el “¡porque lo digo yo!”? ¿La atención plena o el estar sin estar? 

Nuestras niñas y niños no solo necesitan techo y alimento; necesitan sentirse vistos, escuchados y profundamente amados.

La crianza traduce el afecto en estructura biológica. El cuidado sensible sostiene el potencial humano incluso desde la gestación, donde la nutrición y la paz materna constituyen los cimientos del cerebro de las niñas y niños. 

Este proceso tiene un momento crítico en la forma de nacer: la llamada «hora dorada». La ciencia es contundente: esos primeros 60 minutos de contacto piel con piel son vitales para favorecer el apego y la regulación de los recién nacidos.

Sin embargo, este derecho es vulnerado sistemáticamente por la institucionalización de la violencia obstétrica. Aunque las familias se informen, lo deseen y pidan, protocolos médicos fríos y desactualizados lo impiden o interrumpen. Si no respetamos el inicio del vínculo, fallamos como sociedad desde el minuto uno de vida.

El desarrollo integral infantil se expresa en cuatro dimensiones: la cognitiva, donde se forman un millón de conexiones neuronales por segundo en los primeros años de vida, gracias a las interacciones positivas. La emocional, basada en el apego seguro. La social, donde se aprende a percibir si el mundo es un lugar de colaboración o de defensa. Y la física, que fortalece el sistema inmunológico a través de una crianza cariñosa y protectora. 

Los seres humanos venimos programados para la cooperación. Sin embargo, un entorno violento puede apagar esa conexión. Muchas veces, la maldad es, a menudo, una respuesta adaptativa al trauma: cuando el cerebro entra en modo supervivencia, la capacidad de empatizar se bloquea.

No obstante, sería injusto depositar toda la responsabilidad en madres y padres sin mirar el entorno que les rodea. ¿Ofrecemos herramientas reales o solo más exigencias en un mundo que los agota? 

La realidad cotidiana para la mayoría de las personas en nuestro país, impone jornadas laborales y traslados extenuantes, incompatibles con la presencia que las niñas y los niños necesitan en su hogar. No se puede exigir «tiempo de calidad» a quien llega exhausto cuando sus hijos ya duermen. El desarrollo infantil requiere políticas públicas que protejan la conciliación; el tiempo de crianza es una inversión social, no un lujo personal.

A ello se suma que vivimos en la era de la distracción. Las pantallas han levantado muros invisibles que fragmentan la conexión familiar. Un niño que compite contra un teléfono por la atención de sus familiares puede crecer sintiendo que no es prioridad. 

Esta desconexión, junto con la exposición a contenidos inapropiados y el riesgo de ser contactados por extraños, pone en peligro su salud física, mental, su inocencia, creatividad y autoestima. Necesitamos urgentemente recuperar la mirada.

Tener un niño o una niña en la familia es un privilegio absoluto y, al mismo tiempo, nuestra mayor responsabilidad. Proteger su infancia nos exige abrir los ojos, informarnos y reunir la valentía necesaria para romper patrones nocivos. Debemos dejar atrás el conformismo del ‘así me educaron a mí’.  Si hoy muchos adultos buscamos sanar nuestras propias heridas, es precisamente para no heredarlas ni causarlas. Nuestra misión es permitirles vivir una infancia más feliz, plena y segura.

Comprendamos que la familia trasciende lo nuclear y se extiende incluso a la familia no biológica: esa tía sensible o ese maestro maravilloso son también cimientos de seguridad. Romper patrones tóxicos requiere valor individual, pero sostener una crianza sensible requiere una comunidad y un estado que la respalden.

Todos, seamos madres, padres o no, dejamos una huella en la vida de, al menos, un niño. Tal vez el mejor punto de partida sea honrar nuestra propia infancia y recordar a aquel adulto que nos hizo sentir queridos e importantes. Seamos nosotros ese faro para alguien más. Porque cuando la empatía con nuestras niñas y niños se vuelve la norma, no solo les protegemos a ellos, también construimos una sociedad más justa, segura y compasiva para todos.

Referencias:

  1. Centro para el Niño en Desarrollo, Universidad de Harvard (2020). La ciencia del desarrollo infantil temprano.
  2. Bowlby, J. (1989). Una base segura: Aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Paidós.
  3. Hamlin, J. K., Wynn, K., & Bloom, P. (2007). Social evaluation by preverbal infants. Nature, 450(7169). 
  1. Odent, M. (2001). La cientificación del amor. Creavida.
  2. Patton, G. C., et al. (2022). Optimising child and adolescent health and development. The Lancet, 399(10337). 
  3. Shonkoff, J. P. (2012). The Lifelong Effects of Early Childhood Adversity and Toxic Stress. Pediatrics, 129(1) 

UNICEF. (2023).Entornos de cuidado y políticas de apoyo a las familias.

*Por Erika Hernández Zaragoza, Directora General de Cunitas de Amor para Mamá, Papá y Bebé, organización integrante del colectivo Pacto por la Primera Infancia

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