De la frustración a la esperanza: la historia del Pacto por la Primera Infancia

Casi una década después de aquella primera rueda de prensa en Oaxaca, reconozco que el Pacto es fruto de convicción, terquedad, esperanza y trabajo colectivo, y también de la generosidad de Dios.

La mayoría de las veces las grandes causas surgen de grandes frustraciones. De una indignación incendiaria y de una pasión que raya en terquedad. Nuestro caso no es diferente. El trabajo en campo siempre acababa debiéndonos: queríamos llegar a más familias, más servicios, más recursos. Queríamos que cada niña y niño tuviera la oportunidad de desarrollarse de manera integral. No nos complacían las coberturas de cien, mil o diez mil. Queríamos llegar a millones. Queríamos que la primera infancia fuera LA prioridad nacional.

Nada más lejos de la realidad. En México, millones de niñas y niños menores de 6 años crecían -y aún crecen- en condiciones profundamente injustas, y nadie parecía verlo como la emergencia que es. La primera infancia permanecía en lo privado, en lo que se resuelve “en casa”, casi siempre sobre los hombres de las madres. Hace 10 años, la primera infancia ni siquiera existía como concepto, no aparecía en planes de Gobierno, campañas electorales o discursos nacionales. Esta invisibilidad era una omisión insoportable para las organizaciones que trabajábamos en comunidades marginadas, donde la pobreza, el hambre, la violencia y la falta de servicios marcaban con tinta indeleble los signos de la adversidad en la vida de los más pequeños.

Transformar esta realidad requería de cambios sistémicos que solo los gobiernos podían ejecutar, pero que jamás harían por voluntad propia. Para mover ese enorme aparato necesitábamos una fuerza que aún no teníamos: poder colectivo. Estábamos en 2015. Necesitábamos construir una propuesta ambiciosa, pero factible. ¿Qué pasaría si uníamos bajo el mismo estandarte a decenas de organizaciones? Una voz sólida, técnicamente solvente, serena pero potente, y capaz de hablar de tú a tú a quienes toman decisiones.

Había que empezar en un estado donde Un Kilo de Ayuda, organización que acunó este proyecto, tuviera trayectoria y legitimidad ante organizaciones, población y actores políticos. Oaxaca cumplía los requisitos. Jose Ignacio Avalos, fundador de la institución y reconocido por su activismo, había hecho de la entidad una de sus prioridades. El tiempo era propicio: las elecciones para Gobernador serían el siguiente año.

La idea ya estaba configurada: convocar a una coalición de organizaciones que buscara un compromiso político visible y concreto de las candidaturas. Pero queríamos más: que Gobierno, empresa, academia y sociedad se agruparan en torno a este compromiso para cumplirlo independientemente de quién ganara. Queríamos un pacto. Un Pacto por la Primera Infancia.

Hablando con decenas de organizaciones que trabajaban en temas como nutrición, educación, salud y protección, descubrimos algo clave: todas se sentían luchando solas, pero confiaban en que unidas serían escuchadas. De ahí configuramos la agenda: 10 metas que integran los derechos de la primera infancia y 5 condiciones institucionales para guiar la política pública.

Cuando convocamos a la primera Firma del Pacto, no sabíamos si llegarían. ¿Naufragaría

nuestro esfuerzo? ¿Moriría nuestro recién nacido colectivo? La noche previa no pudimos dormir. Habíamos hecho todo lo posible. Pero ese día llegaron los candidatos, los medios y las organizaciones. La Firma fue un éxito. Confirmamos que uniendo fuerzas podíamos mover algo más grande. Así nació un movimiento que crecería a pasos agigantados y se volvería referente en la región.

Oaxaca nos dio el valor para intentarlo en un terreno aún más complejo: el Estado de México en 2017. Empezamos desde cero: más organizaciones, voces y conversaciones. El resultado nos rebasó: todas las candidaturas firmaron, los medios se interesaron y la primera infancia entró en la conversación pública. A finales de año dimos un paso mayor: las elecciones presidenciales de 2018.

Lo que siguió no tuvo precedentes: un llamado nacional por más de 300 organizaciones. En esa campaña presidencial la primera infancia apareció por primera vez en la conversión nacional. Firmaron 4 de 5 candidaturas, pero los procesos iniciados en esos diálogos abonaron a cambios profundos en los siguientes años: la creación de la Comisión Nacional de Primera Infancia, la reforma al Artículo 3º Constitucional, que hizo obligatoria la educación inicial y abrió la puerta a la primera política nacional de primera infancia: la Estrategia Nacional de Atención a la Primera Infancia (ENAPI). 

Mientras esto ocurría a nivel federal, el movimiento crecía en los estados gracias a las organizaciones. Hoy, 17 gobernadores han firmado el Pacto, y hemos acompañado procesos legislativos y de construcción de política que están cambiando la vida de niñas y niños. En Yucatán se reformó la ley para hacer obligatoria la coordinación intersectorial en primera infancia; en Sonora se ampliaron las licencias de maternidad de 14 a 24 semanas; y en Nuevo León acompañamos la creación de una estrategia de educación inicial que hoy atiende a casi 20 mil niñas y niños. En la CDMX, Desde la Cuna llega ya a 85 mil familias, mientras que en Oaxaca Cuídame con Ternura ha formado a más de 3 mil personas en crianza, cuidado sensible y prevención de la violencia. En Campeche se implementó la Cartilla de Desarrollo Infantil —incluso en maya— y en Chiapas se eliminaron los cobros por registro extemporáneo, garantizando identidad para miles de niñas y niños.

El 22 de abril de 2024, la Presidenta Claudia Sheinbaum firmó el Pacto por la Primera Infancia. Acto que ratificó al incluir en su Plan Nacional de Desarrollo una República para la Niñez y al establecer al menos 6 estrategias dirigidas específicamente a la primera infancia.

Casi una década después de aquella primera rueda de prensa en Oaxaca, reconozco que el Pacto es fruto de convicción, terquedad, esperanza y trabajo colectivo, y también de la generosidad de Dios. Hemos cruzado desiertos políticos, sorteado resistencias y rechazos, y sostenido la agenda aun cuando parecía perderse en la marea pública. Lo que hemos construido no es perfecto —falta financiamiento, institucionalidad y políticas que lleguen al territorio—, pero tenemos algo esencial: una comunidad que no se rinde y trabaja cada día para hacer de México el mejor lugar para nacer.

*Directora Ejecutiva y Coordinadora General del Pacto por la Primera Infancia

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