Cada 7 de abril, el Día Mundial de la Salud nos invita a reflexionar sobre los principales desafíos que enfrentan los sistemas de salud a nivel global. Más allá de una conmemoración, esta fecha nos recuerda que garantizar el derecho a la salud implica mucho más que atender enfermedades: significa construir las condiciones para que las personas puedan desarrollarse plenamente desde el inicio de la vida.
Si la salud realmente comienza en la infancia, entonces es ahí donde deben concentrarse los mayores esfuerzos. Sin embargo, aún estamos lejos de colocar a la primera infancia en el centro de las decisiones públicas.
Los primeros años de vida son una etapa decisiva para el desarrollo físico, cognitivo y emocional de niñas y niños. Durante este periodo se sientan las bases de la salud a lo largo de la vida, determinadas no solo por la genética, sino también por el entorno, la nutrición, los cuidados y el acceso oportuno a servicios de salud, como lo reconoce la política pública en México.
Por ello, centrar los sistemas de salud en la infancia no es una decisión asistencial, sino una estrategia de desarrollo. La atención primaria de salud tiene un enorme potencial para lograrlo: es el primer contacto con las familias, el espacio donde se puede acompañar de manera continua el crecimiento y desarrollo infantil, y el vehículo para integrar intervenciones clave como la vacunación, la promoción de la lactancia materna, la vigilancia nutricional y la detección oportuna de alteraciones en el desarrollo. La evidencia internacional ha demostrado que esta es la vía más efectiva para promover el desarrollo infantil temprano a gran escala.
La prevención, en este contexto, no puede reducirse a intervenciones aisladas: debe asumirse como una estrategia integral. Solo al enfocar los sistemas de salud en las etapas más tempranas de la vida es posible prevenir enfermedades, impulsar el desarrollo integral y cerrar brechas desde su origen, marcando el rumbo de la salud a lo largo de la vida.
Sin embargo, el contexto mexicano muestra que aún estamos lejos de aprovechar plenamente este potencial. Los datos más recientes evidencian importantes brechas en el acceso y la calidad de los servicios. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2022, si bien una alta proporción de partos es atendida por personal de salud, solo el 18.4% de las niñas y niños recibe el número recomendado de consultas de niño sano en su primer año de vida, y apenas el 27.1% cuenta con una evaluación de desarrollo infantil temprano.
Estas cifras reflejan un sistema que aún no logra consolidar un enfoque preventivo e integral en la primera infancia.
A ello se añade un panorama nutricional complejo. En México, niñas y niños enfrentan hoy la triple carga de la malnutrición: desnutrición, deficiencia de micronutrientes y sobrepeso u obesidad. Además, solo 3 de cada 10 bebés reciben lactancia materna exclusiva durante sus primeros 6 meses de vida. Persisten también brechas en las coberturas de vacunación en la primera infancia, lo que refleja desafíos en la continuidad y oportunidad de los servicios preventivos.
Si bien esta situación responde a múltiples factores estructurales, también pone en evidencia la necesidad de fortalecer el rol del sistema de salud en la promoción, prevención y acompañamiento continuo desde el embarazo y a lo largo de la primera infancia.
En este sentido, México cuenta con herramientas importantes que deben consolidarse. El Protocolo Nacional de Atención Médica para los primeros 1,000 días establece intervenciones clave —desde el control prenatal oportuno hasta la promoción de la lactancia materna, la suplementación con micronutrientes y el seguimiento del desarrollo infantil— que pueden cambiar el curso de vida de millones de niñas y niños si se implementan de manera efectiva y con cobertura universal.
Asimismo, existe un creciente reconocimiento de que el desarrollo infantil no depende únicamente del sector salud. En México, iniciativas como el Pacto por la Primera Infancia han sido fundamentales para visibilizar esta agenda, impulsar políticas públicas basadas en evidencia y promover la corresponsabilidad entre sectores.
No fortalecer los sistemas de salud bajo este enfoque tiene consecuencias profundas. Limita el desarrollo de niñas y niños, perpetúa desigualdades y genera costos sociales y económicos elevados. Pero, sobre todo, implica que millones de niñas y niños no ejerzan plenamente su derecho a crecer, aprender y desarrollarse en condiciones óptimas.
Apostar por la primera infancia implica tomar decisiones presupuestarias claras y sostenidas, así como la voluntad de actuar de manera conjunta. Hoy contamos con evidencia, herramientas y actores comprometidos para avanzar en esta dirección.
Desde la sociedad civil, el sector público, la academia y las comunidades, existe una oportunidad real de acelerar lo que ya sabemos que funciona. Colocar la salud desde el inicio de la vida en el centro de las decisiones no es solo una meta: es una tarea compartida y una oportunidad concreta para construir un país más sano, más justo y con mejores oportunidades desde el comienzo.La salud comienza en la infancia: el reto de ponerla en el centro