Entre los cero y los 6 años, el cerebro humano es un milagro de plasticidad. La neurociencia nos indica que, durante esta etapa, se forman hasta un millón de nuevas conexiones neuronales por segundo. Esta velocidad vertiginosa es la que permite que niñas y niños absorban un idioma con una fluidez que jamás recuperaremos en la adultez. Sin embargo, esta capacidad de «esponja» no se limita a las palabras: se extiende a la gramática de los vínculos y a las formas de relacionarse. Si el entorno de la niñez está marcado por el abuso, la negligencia o el miedo, esa niña o niño no solo vive la violencia; la aprende e integra como su lengua materna.
La ciencia es contundente: las experiencias adversas en los primeros años alteran el desarrollo de la arquitectura cerebral. Cuando niñas y niños crecen bajo el «estrés tóxico» de un entorno violento, sus sistemas de respuesta se mantienen en una alerta permanente, desgastando los mecanismos de autoprotección y regulación emocional. No hay neutralidad posible: las niñas y los niños que aprenden el lenguaje de la violencia se vuelve «fluente» en ellos, normalizándolo como su única referencia para sobrevivir o ejercer poder. La violencia, si no se interviene a tiempo, deja de ser un evento externo para convertirse en el mapa interno con el que se navega el mundo.
Desde nuestra trinchera en Fundación Libera México, somos testigos directos de lo que sucede cuando este lenguaje del miedo se lleva al extremo. Recibimos a niñas y niños víctimas de las formas más desgarradoras de vulneración de derechos: explotación sexual, explotación laboral, mendicidad forzada y menores en conflicto con la ley. Nuestra labor no puede limitarse a la atención jurídica o asistencial; nos dedicamos a acompañarles en el proceso de resignificar lo que vivieron, de reconstruir esos vínculos que de origen fueron rotos y de devolverles, paso a paso, su capacidad de soñar. Atender la violencia desde el día uno es nuestra prioridad para sanar las profundas consecuencias emocionales y físicas que la explotación deja en el desarrollo de un ser humano.
Quienes trabajamos de cerca con estas historias sabemos que la violencia no es un destino inevitable, pero sí una marca que comienza mucho antes del daño visible. No son trayectorias que nacen en el delito; nacen en el silencio de una infancia desprotegida. Esta vulnerabilidad es la que los tratantes identifican y capitalizan. Según el informe conjunto de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), “Trabajo infantil: Estimaciones mundiales 2020, tendencias y el camino a seguir”, la falta de protección en el hogar es el principal predictor de vulnerabilidad ante la trata de personas. El tratante no siempre crea la vulnerabilidad; simplemente encuentra a un niño que, ante la ausencia de límites claros y cuidados, no reconoce su propio valor ni su derecho a ser protegido.
Por ello, como parte del colectivo del Pacto por la Primera Infancia, el llamado en este Día Naranja es a entender que la violencia contra las mujeres y las niñas no se erradicará atendiendo solo sus síntomas, sino transformando sus causas desde la raíz. No basta con reaccionar cuando el daño ya es profundo; prevenir la trata de personas y la violencia de género exige que aseguremos que el primer idioma que escuche una niña o un niño sea el del cuidado y el buen trato. Prevenir es fortalecer a las familias, robustecer los entornos comunitarios y asegurar políticas públicas que pongan en el centro el bienestar emocional y la dignidad de las infancias desde el inicio de la vida.
Erradicar la violencia exige que miremos más temprano. Una infancia protegida no solo es un imperativo ético; es la estrategia de seguridad y paz más efectiva que podemos construir como nación. Debemos proteger ese territorio sagrado que son los primeros años de vida para que el amor y el respeto sean el único lenguaje que nuestras niñas y nuestros niños aprendan a hablar. Solo así aseguraremos un futuro donde la paz no sea una lengua extranjera, sino un derecho garantizado desde la infancia.